martes, 25 de agosto de 2009

Viaje a las Estrellas


Cuando somos niños el poder de nuestra imaginación es infinito y sin lugar a dudas nuestro límite es el cielo. Es justamente durante nuestros primeros años con la influencia de la familia ó bien en el colegio con los amigos cuando nuestros sueños se empiezan a transformar en aquellos objetivos que intentaremos concretar a lo largo de nuestras vidas.


Sin embargo, son pocos los verdaderamente arriesgados, quienes, al pasar de los años mantienen aún presentes las expectativas que se forjaron en la infancia. José Hernández, un mexicano nacionalizado estadounidense con casi cincuenta años de edad, es la prueba fiel de que los sueños que se poseen cuando se es niño, se pueden convertir en una realidad. En un par de días el Discovery -primer transbordador espacial cuya tripulación cuenta con dos miembros de origen hispano, entre ellos Hernández, quién en recientes entrevistas confesó que desde niño quiso volar al espacio- aguarda pacientemente su lanzamiento y cumplir así una misión de trece días en la Estación Espacial Internacional.


Particularmente este fin de semana, una persona a quien admiro mucho y cuya manera de conducirse, además de su desarrollo profesional han influido en el mío propio, compartió conmigo una reflexión sobre las sueños, el trabajo, la dedicación y el esfuerzo que implica cumplirlos: “El verdadero éxito en la vida se basa en la sabiduría que nos brinda la capacidad de adaptarnos a las condiciones de la vida misma”


Así que, lejos de frustrarnos cuando creemos que las circunstancias nos obligan a olvidarnos de nuestras metas ó nuestros sueños, es justo que volvamos la vista y recapitulemos nuestras acciones para de ésta manera orientar de nuevo los objetivos que verdaderamente son primordiales, porque, en definitiva los sueños cambian a medida que acumulamos vivencias a lo largo de nuestra existencia, pero lo que nunca debe modificarse es la ilusión de creer en uno mismo y en los demás, la fe para continuar soñando y la fuerza de voluntad para convertir aquello que más anhelamos en una realidad.


Gene Roddenberry (creador de Star Trek) lo sabía, llegaría el momento en que más de uno desearíamos tripular la nave Enterprise para emprender nuestro propio viaje a las estrellas.


Nos leemos en el espacio.

miércoles, 19 de agosto de 2009

El camino a la perfección.




Estoy sentado en la terraza de un reconocido café literario de la ciudad más importante de éste país que horas más tarde reportará su cifra más elevada de asesinatos intencionales -más de cincuenta en un solo día- el clima es cálido y por momentos una brisa suave refresca mi rostro.


Desde ésta posición mi visión sólo alcanza a percibir a mí costado izquierdo a un joven que interactúa con su computadora personal descargando un sin fin de emociones, el mismo que se aísla con un arma bastante poderosa y efectiva: un par de enormes audífonos; frente a mi el panorama es totalmente distinto, más humano, con una pareja que no para de mirarse y busca cualquier excusa para tocarse y con ello demostrar la fascinación del uno por el otro; a lo lejos se escuchan voces y risas que rompen por completo la tranquilidad que pretende proporcionar el ambiente. Mientras, yo me mantengo a la espera, debían pasar al menos veintisiete minutos antes de verte, así que me plantee comprar un libro de uno de mis autores favoritos -Haruki Murakami- para leer un rato, tomar un refresco de cola sin azúcar y fumar un par de cigarros.


He leído únicamente diez páginas de éste libro nombrado por su autor “Sputnik, mi amor” y ya me he encontrado con una frase que me ha obligado a detener mi lectura, beber otro sorbo de refresco de cola sin azúcar y recapitular mi aventurado día: “En nuestra vida imperfecta las cosas inútiles son, en cierta medida, necesarias. Si de la vida imperfecta desaparecieran todas las cosas inútiles, la vida dejaría de ser, incluso, imperfecta”. Estoy en ésta ciudad porque acudí a un evento del gremio veterinario -para lo cual también tuve que vestir formalmente, ya que, entre la selecta lista de invitados se incluían importantes figuras de la función pública- y por supuesto también, para comer juntos mientras charlamos sobre aquellos temas pendientes.


Sin embargo, previo a éste momento de calma que es interrumpida por las cada vez más ruidosas carcajadas que se pierden a lo lejos, el día de hoy comenzó muy temprano, justo cuando opté, por la premura del tiempo, ducharme con agua fría a las cuatro de la mañana después de programar erróneamente mi despertador a las 3:00 p.m. y no a las 3:00 a.m. (la imperfección se hizo presente) razón por la que no se cumplió con el objetivo para el que están diseñados todos los relojes despertadores: anunciar con una misma estridente melodía que es hora de abandonar la cama, a pesar de ello me despertó el conductor del taxi que pedí la noche anterior como parte de los preparativos que afanosamente intentaban impedir cualquier contrariedad para acudir puntualmente al punto de reunión de donde el transporte contratado que habría de trasladarnos al lugar del evento partiría a las 4:30 horas anticipándose a los largos periodos de tiempo perdidos por el atemorizante tránsito (no tráfico como comúnmente es llamado) vehicular que obligadamente incluye el visitar esta ciudad; en veinte minutos -un tiempo record, debo reconocer- estuve casi listo y digo casi porque terminé poniéndome los zapatos, las mancuernillas, la corbata, el reloj y el cinturón en el interior del taxi. Llegué retrasado solo por escasos minutos.


Sentado en la misma terraza del mismo reconocido café literario, me he puesto a pensar en la exigida tarea de crear una “vida perfecta”: elegir una profesión, estudiar cuatro ó cinco años, graduarte, conseguir un trabajo, continuar estudiando, comprar un auto, enamorarte, adquirir una casa, casarte, tener hijos, formar una familia y vivir de acuerdo a los estándares de la sociedad. Lo más curioso en este caso es que al final del día somos nosotros mismos quienes creamos el concepto de la perfección. Pero ¿qué sucede cuando la imperfección es parte de lo que eres y sientes?


Mi reloj marca las 13:30 horas, momento en el cual el entorno cambia por completo, se ha transformado en el íntimo ambiente de un restaurante, contigo justo frente a mí, en la mesa hay dos platos uno contiene una ensalada de pollo y el otro puntas de res en salsa de cacahuate, hemos decidido charlar sobre los temas pendientes, impacientes los dos, inexpertos los dos, tanto que no esperamos al postre para endulzar la charla que amenazaba con no ser lo que ambos queríamos, pero que sin duda alguna era necesaria.


Me has preguntado con tu característica actitud arrebatada ¿Por qué miras tanto mi boca? Reí, pero no te respondí. Me pareció que era obvio, el lenguaje corporal nunca se equivoca, la única razón justificada es que moría de ganas por besarte y guardar en mi memoria el sabor de tus labios.


La charla continuó, los temas nunca fueron los mismos, me confesaste incluso algunas de tus preocupaciones y temores. El tiempo pasó demasiado rápido según mi percepción y llegó la hora en la debías volver a la oficina a calcular el pago de los impuestos y realizar algunas llamadas telefónicas, yo por el contrario no tenía nada que hacer, pensé esperarte pero las probabilidades de que salieras a tiempo eran poco favorables, parece que poco a poco me estoy acostumbrado a tus horarios de oficina tan acaparadores.


Así que nos despedimos y si, efectivamente tenías mucha razón, lamentablemente las despedidas son muy difíciles, “Es espantoso cuando te despides de alguien que quieres que no se marche, que quieres y que anhelas permanezca a tu lado y que te abrace bien fuerte. La sensación de vacío es casi incontrolable y sufres porque la distancia impide el permanecer juntos en todo momento” dijiste, mientras tomábamos el café después de comer. Aún no nos alejábamos lo suficiente y ya comenzaba a extrañarte, pero súbitamente mi teléfono móvil vibró, era un mensaje tuyo que agradecía cariñosamente los momentos compartidos.


¿Acaso fue una tarde perfecta? Definitivamente no. Fue definitivamente imperfecta, porque así tenía que ser, porque así quisimos que sucediera, porque en la medida en que algo no es perfecto, se convierte en la causa obligada para mejorarla. Fue, simplemente, un breve encuentro casi perfecto. Tan cercano a lo perfecto que permitió que considerara inútil el frustrarme por el imprudente que no paró de discutir por teléfono mientras yo pretendía dormir en el autobús de vuelta a casa después de una “desmadrugada” y mucho menos con el final de la película donde tontamente la protagonista elige -muy para pesar de todas y todos- a la persona incorrecta y por supuesto tampoco me frustraron los extranjeros que te acosaron el fin de semana, porque si de algo estoy completamente seguro es que ninguno podrá robarte el corazón.


¿Crees que podríamos llegar a ser la pareja perfecta? Por favor di que no y así cada día nos veremos obligados a caminar juntos el camino hacía la perfección, nuestra particular percepción de la perfección donde las cosas inútiles como los finales de las películas que no nos gustan, lidiar con los extranjeros, ducharte con agua helada ó tropezar con la acera y pretender que no sucedió nada son, sin más, cosas insignificantes que rodean nuestras vidas casi perfectas.


Estoy a punto de caer profundamente dormido así que antes de rendirme a lo que bien parece será un merecido descanso, quiero prometerte una cosa: siempre te abrigaré con mi saco ó mi chamarra ó mi suéter y si no tengo nada que te haga olvidarte del frío, te doy mi palabra de abrazarte bien fuertototote.


Nos leemos luego.

lunes, 10 de agosto de 2009

Y de pronto te vi...


11:55 pm
Andén C de cualquier estación de trenes, de cualquier ciudad, de cualquier país.

Como si se tratase de un sistema de posicionamiento global, todos y cada uno de los reflectores que intentan iluminar una noche fría y oscura, una noche aparentemente sin estrellas, una noche donde parece ser que el tiempo se ha detenido haciendo aún más evidente la soledad de los pocos que deambulan en ella tratando de sobrevivir, los mismos reflectores que intentan iluminar la noche fría y oscura han decidido enfocar a un joven que aguarda el arribo del último tren.

Un joven común y corriente, más común incluso que cualquiera, un joven desgarbado, sin nada que lo haga especial ó que particularmente pudiera captar nuestra atención en el Andén C de cualquier estación de trenes, de cualquier ciudad de cualquier país. Un joven que viste un par de jeans muy desgastados, incluso rotos, una chamarra de cuero negro que deja asomar una sudadera gris con capucha también desgastada a la que incluso se le asoman algunos hilos como si pretendieran destacar de entre tanta cotidianidad y, unas zapatillas deportivas de color verde que celosamente resguardan incontables huellas de largos caminos recorridos.

El joven continúa aguardando, recargado en un muro como quien aguarda la venida de los tiempos nuevos, de su hombro cuelga un bolso que parece almacenar una computadora portátil, el mismo bolso que luce deformado porque seguramente también almacena notas, libros y lápices afilados, recuerdos y anécdotas pasadas, más notas escritas con lápices afilados y más libros, tickets de trenes y de consumo en cafeterías y bares, recuerdos y anécdotas olvidadas.

Un joven común y corriente, más común incluso que cualquiera, el mismo con un rostro inexpresivo, un rostro que se pierde en la lectura de un libro, un libro también común y corriente, un libro que no expresa nada porque lo cubren las manos del joven desgarbado, lo cubre como guareciéndolo del frío y de la noche solitaria y oscura, lo abraza con tanto apego que parece que es parte de él, parte de su anatomía desgarbada, parte de su personalidad común y corriente.

En el Andén C de cualquier estación, de cualquier ciudad, de cualquier país, parece que el tiempo se ha detenido, todas las personas a su alrededor simulan ser maniquís suspendidos en el mismo tiempo y el mismo espacio, las mismas personas comunes y corrientes, los oficinistas con sus portafolios aún más comunes y corrientes, modelos de portadas de revistas juveniles, ancianos cansados y vencidos, la mayoría con un dejo de tristeza y olvido en sus miradas, jóvenes con ropa deportiva y grandes lentes oscuros y también ostentosas cadenas y tatuajes que dicen todo y nada al mismo tiempo y la actitud insegura escondida detrás de esa ropa deportiva y esos grandes lentes oscuros y también esas ostentosas cadenas y esos tatuajes que dicen todo y nada al mismo tiempo. Todos están inertes, muertos en vida, todos son zombis del Andén C de cualquier estación de trenes, de cualquier ciudad, de cualquier país, todos simulan estar como en pausa, una pausa interminable, una pausa inexistente, todos parecen estar aguardando sigilosamente pero muy a su particular manera como en una pausa interminable, la venida de los tiempos nuevos.

El joven ha sacado de su bolso un cigarro, el mismo bolso que parece almacenar una computadora portátil, deformado porque seguramente también almacena notas, libros y recuerdos y anécdotas pasadas también, más notas y más libros y anotaciones escritas con lápices afilados y también tickets de trenes y de consumo en cafeterías y bares y por supuesto recuerdos y anécdotas olvidadas; un cigarro común y corriente que ha prendido con un encendedor aún más común y corriente, un encendedor inexpresivo como el libro común y corriente, el mismo libro que no expresa nada porque esta cubierto por las manos del joven desgarbado, guareciéndolo del frío y de la noche solitaria y oscura, un encendedor más común y corriente que el joven desgarbado, sin nada que lo haga especial ó particularmente capte nuestra atención en el Andén C de cualquier estación de trenes, de cualquier ciudad de cualquier país, que viste un par de jeans muy desgastados, que incluso están rotos, combinados con una chamarra de cuero negro también común y corriente que deja asomar una sudadera gris con capucha también desgastada con algunos hilos como si pretendieran destacarse entre tanta cotidianidad de lo común y lo corriente y unas zapatillas deportivas de color verde que resguardan incontables huellas de interminables caminos recorridos y cuantiosos recuerdos y más anécdotas pasadas.

El humo del cigarrillo del joven común y corriente, más común incluso que cualquiera se eleva caprichosamente al cielo, el mismo cielo sin estrellas, se dispersa como quien pretende escapar y perderse en una noche solitaria y fría llena de recuerdos y anécdotas olvidadas.

Con cada bocanada de humo expulsado por el joven desgarbado que continúa aguardando, recargado en un muro como quien aguarda la venida de los tiempos nuevos, se siente por un brevísimo instante, un instante casi imperceptible, que el tiempo avanza y que la cotidianidad cobra de nuevo vida, un periodo suspendido donde los personajes del Andén C de cualquier estación de trenes, de cualquier ciudad, de cualquier país están vivos y sienten y se emocionan y aguardan sigilosamente la venida de los tiempos nuevos con la misma esperanza contenida en sus ojos que la de los chicos que esperan abrir un regalo minuciosamente envuelto en papel multicolor la mañana de navidad. Esa esperanza que es casi imperceptible a los ojos de cualquiera, sobre todo ante los ojos de las personas comunes y corrientes. El humo del cigarro parece envolver un halo de tristeza y soledad, la misma que está presente en los rostros preocupados de las personas comunes y corrientes que aguardan pacientemente en las salas de espera de cualquier hospital y también en las salas de espera de cualquier estación de trenes de cualquier ciudad y de cualquier país.

El joven común y corriente, más común incluso que cualquiera, se mantiene aguardando, esperando por el último tren y por la venida de los tiempos nuevos, aquellos donde no tenga que preocuparse más por las cosas materiales, las formas banales, las nimiedades, los hechos sin efectos aparentes y las esperas interminables y asfixiantes que fulminan todo vestigio de esperanza.

El joven común y corriente que aguarda en un espacio de tiempo que parece haberse estancado, acompañado de todas las personas que a su alrededor simulan ser maniquís suspendidos en el mismo tiempo y el mismo espacio donde no hay lugar para los afectos y las buenas voluntades, un espacio donde todo parece tener un orden estratégicamente cotidiano, un orden secuencial y atemorizante, un orden que no permite el pensar en los demás, un orden que te aniquila día con día, que te mantiene suspendido en un mismo tiempo y espacio, el mismo que te obliga a interactuar mecánicamente.
Un orden que te impone un papel asignado y un fin determinado, que nos convierte en maniquís suspendidos en el mismo tiempo y el mismo espacio.

El joven común y corriente, más común incluso que cualquiera, el mismo joven desgarbado, sin nada que lo haga especial ó que particularmente pudiera captar nuestra atención ó la de cualquier persona común y corriente que aguarda pacientemente en las salas de espera de cualquier hospital y también en el Andén C de cualquier estación de trenes, de cualquier ciudad de cualquier país, mira su reloj y por primera vez en esa noche fría y solitaria a la que parece que le han robado todas las estrellas, se ha dibujado una efímera sonrisa cuando de reojo se percata de la hora en un reloj común y corriente, el mismo que con manecillas comunes y corrientes, más comunes que cualquier par de manecillas de cualquier reloj común y corriente de cualquier persona común y corriente que aguarda pacientemente por la llegada del último tren como quien aguarda la venida de los tiempos nuevos en el Andén C de cualquier estación, de cualquier ciudad de cualquier país, marca las 11:59 y en ese preciso momento a lo lejos se escucha la llegada del último tren, un tren común y corriente, un tren que ha llegado puntualmente para transportar a sus pasajeros comunes y corrientes en una noche fría, solitaria y sin estrellas. Un tren más común incluso que cualquier otro, el último tren que arriba puntualmente al Andén C de cualquier estación, de cualquier ciudad, de cualquier país.

Las puertas del tren común y corriente, más común incluso que cualquiera se abren automáticamente, esperan el arribo de todas y cada una de las personas del Andén C de cualquier estación, de cualquier ciudad y de cualquier país, las mismas personas comunes y corrientes, los oficinistas con sus portafolios aún más comunes y corrientes, modelos de portadas de revistas juveniles, ancianos cansados y vencidos, ancianos con un dejo de tristeza y olvido en sus miradas, jóvenes con ropa deportiva y grandes lentes oscuros y también ostentosas cadenas y tatuajes que dicen todo y nada al mismo tiempo y la actitud insegura escondida detrás de esa ropa deportiva y esos grandes lentes oscuros y también esas ostentosas cadenas y esos tatuajes que dicen todo y nada al mismo tiempo, todos abordan con paso apresurado, como si en ese acto se les fuera la vida entera, la existencia que derrochan en esperas interminables en estaciones de trenes de cualquier ciudad y de cualquier país, aguardando con la desalmada monotonía diaria y con el feroz ensimismamiento, pasos apresurados que enfilan hacía las estaciones de trenes de cualquier ciudad, de cualquier país.

El joven común y corriente, desgarbado y más común incluso que cualquiera es el único que aborda el último tren con calma, con pasos seguros y firmes, apoyando en el piso del último tren del Andén C de cualquier estación de trenes las zapatillas deportivas de color verde que acumulan incontables huellas de largos caminos recorridos, con cada paso del joven común y corriente, más común incluso que cualquiera, un instante del tiempo suspendido en el mismo espacio del Andén C de cualquier estación, de cualquier ciudad y de cualquier país, parece agotarse, instantes que se extinguen, momentos que avanzan con el paso de los minutos suspendidos en el interior de cualquier tren que parte del Andén C de cualquier estación, de cualquier ciudad, de cualquier país, hacía cualquier sitio de cualquier ciudad y de cualquier país.


12:02 a.m.
Interior de cualquier tren que se dirige a cualquier sitio de cualquier ciudad, de cualquier país.

Como si se tratase de un sistema de posicionamiento global, los ojos del joven común y corriente, desgarbado y más común incluso que cualquiera se han detenido en un punto estratégicamente determinado por el orden que nos aniquila día con día, que nos mantiene suspendidos en un mismo tiempo y un mismo espacio, que nos obliga a interactuar casi mecánicamente, aquél que nos impone roles determinados, el mismo que maliciosamente se entretiene con maniquís suspendidos en el interior de un tren con dirección a cualquier sitio, a cualquier lugar. El objetivo identificado es una joven que nada tiene de común y corriente, una joven con la mirada de los pocos afortunados que saben lo que quieren, que no necesitan buscar porque ya se han encontrado, aquellos que se arriesgan, que no temen enamorarse, los mismos a los que el orden de todos los días, que nos mantiene suspendidos en un mismo tiempo y un mismo espacio y que nos obliga a interactuar casi mecánicamente, les rinde tributo, porque sabe bien que es inútil tratar de manipular a los valientes, a los que no le temen a la distancia de un amor perdurable y mucho menos al olvido, en su mirada se adivinan los fracasos y las desilusiones que han sanado con el transcurrir de los días y por supuesto también las risas que convierten los momentos en ocasiones especiales. Es una mirada honesta, auténtica y experimentada, una mirada que atrae a las personas comunes y corrientes.

La joven que nada tiene de común y corriente con la mirada de los pocos afortunados que saben lo que quieren, posee una belleza única, particular. Es una joven que poco tiene de común y corriente, usa una gorra de beisbol y una bufanda morada que cubre por completo su cuello y un abrigo de lana, no usa pendientes, pero si una pulsera de cuentas rosadas, su ropa es especial por el simple hecho de que es ella quien la porta, un par de zapatillas deportivas de un reconocido diseñador y un par de jeans ajustados, lo necesario para que permita delinear sus bien torneadas piernas, seguramente ha estado practicando para su próxima carrera, le apasionan las obras de beneficencia y ha estado participando en ellas desde que recién cumplió los dieciocho años, la joven que nada tiene de común y corriente no necesita más para hacerse notar en el interior de cualquier tren que parte del Andén C de cualquier estación, de cualquier ciudad, de cualquier país, hacía cualquier sitio de cualquier ciudad y de cualquier país.


12:03 a.m.

Las notas de la música instrumental de fondo que se escuchan en el interior de cualquier tren que parte del Andén C de cualquier estación, de cualquier ciudad, de cualquier país, hacía cualquier sitio de cualquier ciudad y de cualquier país han incrementado su intensidad, conforme avanza el último tren hacía cualquier sitio se escuchan con mayor intensidad, con cada palpitar acelerado de dos desconocidos que se encuentran en el interior de cualquier tren que parte del Andén C de cualquier estación, en el momento justo en que dos miradas se encuentran y justo cuando la respiración de ambos se vuelve una sola en un mismo tiempo y espacio, la música instrumental llega al clímax de su composición y tal como si se tratase de un sistema de posicionamiento global, todos y cada uno de los reflectores que intentan iluminar una noche fría y oscura, una noche aparentemente sin estrellas enfocan a un joven desgarbado, un joven común y corriente como si con ello pretendieran afirmar muy a su particular manera que a las personas comunes y corrientes les suceden cosas extraordinarias cuando se atreven por fin a mantener los ojos bien abiertos…


Nos leemos luego.
* La fotografía simboliza un cariño fraternal muy especial.

lunes, 3 de agosto de 2009

Sufragio Efectivo...

De acuerdo a cifras emitidas por el Registro Federal de Electores, el padrón electoral registró un número record de 77 millones 643 mil 289 ciudadanos que podrán ejercer su libertad a votar éste próximo 5 de julio. Sin embargo por otro lado el Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados estima que el abstencionismo rebasará el 65%, ello porque más del 62% de las personas en edad de votar (las mismas incluidas en la cifra record) juzga como poco o en su defecto nada confiables los procesos electorales.

Sin duda en gran parte por las caídas de los sistemas, los videoescándalos, los ataques entre partidos políticos en los medios de comunicación, el presidente ilegítimo y ¿por qué no decirlo? por las promesas que nunca se cumplen.

Pero ¿de verdad es así como se solucionan los grandes problemas de la sociedad mexicana?, cerrar nuestros ojos ante la propia realidad definitivamente no es la solución, como bien rockea la banda regiomontana Kinky nuestro México lindo y querido “mira de lado”. Mira de reojo los derechos de la minoría, voltea la vista ante las manifestaciones incoherentes de algunos cuantos, baja la mirada ante la injusticia, el abuso y la desigualdad social, se hace de la vista gorda solapando la tranza y la corrupción y se cubre los ojos para no presenciar el nulo respeto hacia el medio ambiente y las formas de vida que convergen en él.

Hoy, más de 77 millones de “mirones” tenemos la oportunidad de hacer historia, la misma que le reserve un lugar a la tolerancia y a la participación ciudadana. Es el momento de otorgarle el voto nulo a la apatía y a la desinformación e impugnar la participación propositiva, de ejercer con compromiso nuestro derecho a exigir mejores legisladores y gobernantes. La decisión es sólo tuya, pero al tomarla piensa en los 30 millones de niños y jóvenes que merecen mucho más que un país abusado, ultrajado y hecho jirones, un país que castigue a los que no se interesan en la política y por consecuencia directa sean gobernados por aquellos que sí se interesan.

Porque la democracia no inicia en el segundo mismo en que tachamos una boleta, mucho menos concluye cuando esta es depositada en la urna, la democracia se construye día a día con aportaciones valiosas y en ella no importan los diferentes frentes y posiciones que cada quien con su cada cual defiende.

La democracia es sinónimo de educación, por ello es preciso que en las instituciones educativas se fomente una formación cívica como herramienta básica para que los jóvenes por fin entiendan la importancia de su voto, de sus decisiones y de su participación activa en el desarrollo de las políticas y reformas de nuestro país.

Es un mito aquél que si no votas no pasa nada, por el contrario pasa todo, pero a diferencia de ser el protagonista, terminas convirtiéndote únicamente en un espectador más.

Nos leemos luego.

Sabor a mí...

Sin duda alguna nuestro modo de ser es un comportamiento que siempre estará influenciado por los amigos, la banda, los cómplices, los hermanos, los ´bros´, camaradas, amiguis (¿?), los viejos, o como quieras llamarles, por ello estas líneas las dedico a los amigos: Mis amigos, los que están, los que estuvieron y los que sin duda alguna vendrán. Y a ti te pregunto: ¿Sabes a que sabe la amistad?

Definitivamente creo que sabe a que a ti te gustan los Stone Temple Pilots y a mí Reik (¡ja!) y, sin embargo podemos pasar un rato muy chido acompañados de un par de cervezas charlando sobre la falta de compromiso para con la educación de nuestro país. Sabe a hamburguesas al carbón, condimentadas con canciones super poperas entonadas con singular acento spanglish en el karaoke doble. Sabe a reencuentro, muy similar al pan con sabor casero. Sabe a ´defe´ (a Condesa, Polanco y por supuesto a Coyoacán). Sabe a no encontrar ´la palma´ aunque pases tres veces frente a ella y me obligues a preguntar que dirección tomar. Sabe al tren suburbano y su diseño con toda su buena onda y su complicidad (¡you know!).

Tiene un sabor muy particular a delimitar estratégicamente el baño de niñas y el baño de niños. Sabe al murcielaguito con un gustillo a crudas brutales y a barbacoa disfrazada con lentes oscuros. Sabe a decir ¿tu coche o el mío? amm y creo que también sabe a jugar ´stop´ a las dos de la mañana.

Sabe a estar enamorados y ahora sólo ser un par de viejos conocidos que se miran como la primera vez en el primer encuentro porque simplemente nunca han dejado de pensarse.
Sabe a pirotecnia extrema y a colocar en una tortilla de maíz tres galletas saladas y suficiente salsa de tomate y a reír sin motivo alguno, incluso con los arcoiris imaginarios. Sabe a desayunar tortas de tamal después de las clases de francés. Sabe a risas y a heridas con sal y limón. Sabe a que a pesar que no estés en casa, visitaremos a tu mamá por la simpleza de ser una mujer tan alivianada.

Por supuesto sabe a otorgar estrellitas a los lugares para cenar los días lunes y definitivamente en todo momento tendrá un peculiar sabor a Timbiriche. Sabe a tocar timbres y a librar batallas incansables para ocupar en el auto el lugar de copiloto.

Sabe a bodas y bautizos pfft… que fuerte!¡ Sabe a decir la última y nos vamos. Sabe a planear viajes y a emprender negocios juntos. Por demás esta decirte que sabe a que te brinden oportunidades y también a saber aprovecharlas. Sabe a que confíen en ti y sabe a recibir mucha buena vibra.

Sabe a repetir ´te lo dije´ más de una vez cada que metes la pata o te clavas con quién no debías. Sabe a convencerte que todos los hombres somos iguales (y las mujeres también, claro está).
Lo que es seguro es que la amistad no tiene sabor a juzgar y mucho menos a otorgar la pena capital, la amistad no cuestiona, ni condiciona. La amistad no frena, por el contrario, la amistad impulsa.

Sin embargo, la amistad si sabe a desencuentro y a opiniones opuestas que coexisten en una convergencia policultural. Sabe a diversidad y sin duda está sazonada con ese ingrediente extra de: “yo guitarra y tu maracas”.

Los amigos se ríen cuando tropiezas pero nunca cuando caes, a menos que sea frente a la clase entera. Aunque nunca lo acepten los amigos te plantan por un nuevo ligue, pero siempre preguntan por algún primo, hermano o hasta vecino que pudiera empatarse contigo. Los verdaderos amigos no se guardan secretos sino que aprenden a escucharlos y a compartirlos. Los amigos se conocen y se aceptan entre sí.

En lo personal y lo digo porque así lo siento, la amistad nunca me sabrá a compartir un cigarro (definitivamente nunca). Y, desde luego ya nunca tendrá un sabor igual o un poco similar al que tenía hace cinco, tres o incluso el año pasado. Por lo demás tampoco me volverán a saber igual los gin tonics.

Obviamente a la familia no la eliges pero a tus amigos sí. Elige bien porque siempre serán participes de tu crecimiento, de tus logros y de tus desamores. No importa que no piensen de la misma manera o que se encuentren degustando caminos diferentes en una sociedad enclavada en una enorme cocina ficticia. Lo importante es aprender a ordenar el mejor platillo de la carta, aquél que te haga sentir seguro, el que no te obligue a pretender, acompañado de la bebida que tenga refill para que sea tu incondicional en todo momento, porque definitivamente la amistad es un banquete, un plato delicioso que te deja un muy buen sabor de boca.

Por lo pronto yo guardo tu sabor pero tu llevas también sabor a mí, mmm… ¿qué rico no?

Nos leemos luego.

Mexicanos al grito de guerra...

Nuevamente las propuestas que prometen dar solución a todos y cada uno de los grandes males que nos afectan cotidianamente son presentadas ante nuestros ojos y oídos a través de los medios masivos de comunicación, sumándose ahora también los foros sociales en internet. Las promesas están encaminadas a brindar atención urgente a temas que con sólo nombrarlos provocan controversia por sí mismos. El aborto, la pena de muerte, la legalización de las drogas, el desempleo, la delincuencia y la educación, entre algunos más. Todos, sin duda perfilan nuestra realidad, pero la política actual está aún muy lejos de encarar las posibles soluciones. Por obligatoriedad los resultados serían en definitiva más favorecedores si optáramos por intervenir quirúrgicamente el mal como tal y no simplemente colocar una bandita que disfrace el malestar.

Así en lugar de politizar el asunto del aborto sería conveniente educar a los jóvenes para que practiquen su sexualidad con libertad y responsabilidad, con el conocimiento veraz y oportuno que les permita decidir bajo que términos están dispuestos a ejercer sus derechos y obligaciones. Fomentar una cultura de respeto hacía su cuerpo y hacía su salud para que el día que se sientan tentados a consumir drogas, sean capaces de desistir de hacerlo. Definitivamente es indispensable mantener consolidada a la familia como parte fundamental del desarrollo de la sociedad, estamos obligados a involucrarnos totalmente en la educación de nuestros hijos, a participar en su perfeccionamiento y por consecuencia directa a la formación de individuos que hagan de éste país una nación donde se dé aforo a la verdadera democracia y al compromiso ciudadano de actuar, exigir y mostrar resultados.

Mención aparte merece el escrutar nuevos mecanismos de acción para elevar el nivel de la educación que se brinda a los jóvenes y niños. De acuerdo con el Primer Estudio Internacional sobre Enseñanza y Aprendizaje realizado en 23 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, el nuestro registra un nivel de absentismo por parte de los docentes del 70% -el peor de todas las naciones donde se llevó a cabo el sondeo- además de su nula preparación como maestros. Por lo que si los responsables de formar profesionales altamente preparados se muestran como incompetentes ¿qué rumbo tomará nuestro país con los siguientes funcionarios públicos, políticos y empresarios medianamente educados? Por ello las promesas de nuestros futuros legisladores se enfocan en ofrecer vales canjeables por medicamentos y no por dar fin a la corrupción existente en las instituciones de seguridad social.
Ahora bien, el anular nuestro voto no es hacernos escuchar, existe otra manera que es involucrándonos, todos los legisladores federales están obligados a establecer una oficina de atención, acerquémonos y exijámosles cumplir sus promesas.

En días pasados me llamaron belicoso por no decir conflictivo al presentar una queja ante un organismo público. Bien, aclaro que esta es mi manera de exigir mis derechos como ciudadano ya que creo que las grandes revoluciones llegan con las acciones que permiten dar paso a los pequeños cambios.

Nos leemos luego.

Después de ti, ¿qué?

Mi batalla inició ayer a las 11:27 p.m. cuando leí tu carta, está carta que expresa tu sentir. Como siempre creí tener el control absoluto sobre la situación, pensé que sólo era cuestión de utilizar las estrategias adecuadas para preparar la avanzada, para no permitirme vacilar en el precipicio, caminar con pasos seguros es mi especialidad, pero algo sucedió, de pronto me costó mucho avanzar y me quede parado en medio de un solitario espacio esperando... dar el siguiente paso parece casi imposible.

Honestamente sabia que sentías algo más por mí, ¿Recuerdas que te explique que puedes conocer a las personas si dedicas unos momentos a observarlas? Si pones atención a sus movimientos, a sus gestos y actitudes, sin duda puedes adentrarte en sus pensamientos. Y, por lo demás tus acciones me gritaban tus sentimientos. Tus celos, tus enojos, tus bromas, tus emociones, todo para mi eran señales.

Lo que no imaginé es que esas palabras desencadenaran tantas emociones encontradas en mi interior, primero te confieso lo tomé muy mal, después reí como un loco y finalmente me quede pensando si de verdad podía ser real. ¿Cómo es posible que puedas enamorarte de alguien como yo? ¿Que en ocasiones se porta tan frío contigo? ¿Qué no para de jugarte bromas? ¿Que te ha dicho que te falta madurar, que se burla de ti, que transforma su actitud hacía ti cuando están frente a otras personas y que incluso te ha confesado que lo enfadas y desesperas?

Tal vez aprendiste muy rápido y observaste bien, analizaste que todo esto lo hago por miedo, por temor, por seguir creyendo que soy una persona demasiado práctica como para permitirme sufrir, porque ahora tengo muy claro que hagas lo que hagas y digas lo que digas no puedo enojarme contigo. Aún no sé las razones, pero simplemente me es imposible, no puedo y solo sé que no quiero.

Pretendo que tengas presente que nunca ha sido mi intención lastimarte, por el contrario sabes que haría lo imposible para complacerte, para demostrarte mi posición incondicional, de sobra sabes que no deseo hacerte pasar un mal rato, sobre todo después de compartir tanto... Sin embargo tampoco quiero engañarte, desde el principio he intentado ser siempre sincero contigo. ¿Sabes?, mi error es pensar que todos comprendemos igual las cosas y no es así, el ser humano escucha, cree y piensa a su manera, y tu piensas de una manera tan irreverente y loca que por eso disfruto estar contigo y cuando no estamos juntos siento un gran vacío, una enorme necesidad de verte, por supuesto no me permito hacértelo saber, que sentido tendría si aún no he decidido si debo dar marcha atrás o simplemente dejarme llevar e iniciar un ´nosotros´.

Definitivamente no puedo ser como tú, no puedo de pronto cambiar todo lo que me han enseñado y lo que he aprendido por cuenta propia acerca de la vida y de como debe ser, para de la nada abrirle la puerta a conflictos existenciales con los que sin duda alguna no me siento realmente cómodo e identificado.

¿Acaso es tan difícil? Los amigos no buscan causar daño, eso lo sé. Pero porque no puede ser más simple, tan simple como si se tratara de cualquier persona en la parada del autobús o en el bar de moda.

No lo sé, lo único que indudablemente quiero es estar cerca de ti, ser tu amigo, quiero ser tu otra mitad, quiero amarte sin prisas y llenarte de mi sexo, quiero que confíes en mí, que no permitas que mis acciones te hagan cambiar tu esencia y esa osadía que te identifica y que en conjunto han sido tus armas con las que me has debilitado y con las cuales también lograste captar mi atención.

No te he dado nada. Te he aceptado tal como eres, te he hablado con honestidad, he aprendido a tolerar lo que no me gusta de ti, he simplemente correspondido a lo que me has brindado.

Si consideras que son las razones que te permitieron escribir lo que sientes entonces ¡te lo he dado todo! Gracias por tu sinceridad, por hacerme reír, por brindarme razones, pretextos y excusas para necesitarte, para buscarte y para tenerte a mí lado, gracias por quedarte con mi atención, por amarme sin reservas, pero sobre todo gracias por estar...

Porque hoy todo cobra sentido, hoy puedo decirte sin ningún reparo que te amo y sin embargo también tengo miedo de amarte, pero sobre todas las circunstancias tengo miedo de mí, tengo miedo de no ser jamás la persona que tú anhelas, la persona que te respalde en todo momento, la que nunca deje de mirarte como la primera vez. El hombre que se enamore de ti a cada instante aunque el bendito tiempo se empeñe en llevarse tu juventud y a cambio te obsequie la experiencia, el que te bese sin temor a nada, el amante que llene de besos amorosos todo tu tibio cuerpo.

Creo firmemente que uno es quien se determina ser y no lo que te permiten ser, pero sobre todo ahora se que el tiempo no espera por ti. El tiempo siempre se empeña en ganarte la carrera.

En efecto hoy, ya no hay más mañanas, me quedo con tu recuerdo y con tu confesión y con esa hermosa serenidad impresa en tu rostro y que dentro de éste féretro de ébano te hace lucir aún más bella, el mismo que guarda celosamente tu alma y tu cuerpo ya sin vida, el mismo que ha talado todo nuestro presente y futuro y aunque hoy atesore hasta el fondo de mi alma nuestro pasado, nunca dejaré de pensar en el tiempo que perdimos en no gritarnos a la cara cuanto nos necesitábamos, el bendito tiempo que nos superó e impidió que nos dijéramos cuanto nos amábamos, el que reprimió que yo te dijera cuanto te amaba, pero sobre todo el mismo que fue fiel espectador de la historia de dos viejos conocidos que nunca llegaron a conocerse realmente.